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La Coctelera

prosas_y_cosas

9 Agosto 2011

Frente al espejo [De la bitácora del hombre de tweed]

La gente se asoma al espejo para encontrar no sus facciones sino lo que queda de ellas al cabo de tantas metamorfosis furtivas.

No hay modo de delimitar el mundo que se desdobla en el espejo. El azogue es la materia con que está hecha la eternidad.

Existen espejos que se rizan levemente, estremecidos por un viento que busca exponer su naturaleza de estanques ensimismados.

Si uno cruza al otro lado del espejo debe andar con cautela: el paisaje de allá se asienta en una fragilidad de finísimos cristales.

Inquieta pensar qué tantas cosas pueden ocurrir en el mundo que los espejos reflejan cuando nosotros no nos encontramos en él.

Espejo adentro se oyen rasguños minuciosos, reptares diminutos. Los reflejos de las alimañas esperan su oportunidad para salir.

Hay ocasiones en que uno capta un chapoteo en lo más profundo del espejo. Los reflejos nadan en el reflejo de una piscina lejana.

Dentro del espejo donde se refleja un jardín comienzan a crecer sigilosamente flores de vidrio, un césped de cristal cortado.

En la lluvia reflejada en el espejo hay un temblor de mercurio derretido, la insinuación de un mundo hecho de líquidos insondables.

En las simas de cada espejo aguarda un reflejo misteriosamente huérfano que carece de propietario en el universo de este lado.

En el cielo desdoblado en el espejo se unen reflejos de aves que vuelan sin interrupción, infatigables, desde el origen del azogue.

Nuestras sombras son los reflejos que se niegan a quedarse solos cuando nos apartamos del espejo: la progenie oscura del cristal.

Mudamos de piel al reflejarnos en un espejo: somos las serpientes que pasan inadvertidas al reptar por la selva de las apariencias.

Inquieta comprobar que una escalera reflejada en un espejo no lleva a ninguna parte. El ascenso a las alturas del vacío.

Una caverna desdoblada en un espejo se convierte en acceso directo a las entrañas del cristal: basta llevar el reflejo de una vela.

Cuando nos conquistan los sueños con o sobre espejos estamos experimentando en mente propia la vida secreta de nuestros reflejos.

Lo que se esfuma de este mundo podría quedar en las entrañas de un espejo, ese desván adonde van a parar los reflejos perdidos.

Cuando evocamos algo ante un espejo, nuestro reflejo guarda ese recuerdo en una caja translúcida que oculta al fondo del azogue.

Los vampiros no aparecen en los espejos porque son reflejos que han usurpado el sitio de gente desaparecida de este mundo.

El único espejo donde un vampiro se puede reflejar es el que forma la sangre de su víctima en el suelo iluminado por la luna.

Las manchas de óxido en los espejos podrían ser tumores, señales de que el universo reflejado padece el cáncer del vidrio.

Por más cerca que lo escrutemos, un espejo nunca nos revelará en qué punto exacto termina la realidad que refleja.

Cada vez que un espejo se rompe un mundo entero se fractura. Un reflejo no es una copia sino una reconstrucción de lo que vemos.

Hay quien dice que al otro lado del espejo las cosas brillan un poco más, con mayor nitidez, debido al azogue con que están hechas.

Las tardes en que el sol golpea oblicuamente los espejos se pueden ver reflejos prisioneros que no han logrado emprender la huida.

Hombres y mujeres que nos deslumbran en la calle podrían ser reflejos recién fugados de la cárcel luminosa de un espejo.

A veces los espejos no son sino ventanas que se niegan a mostrar el otro lado. A veces el reflejo es el paisaje único y verdadero.

Los espejos están más cerca de lo que aparentan. En cada superficie reflejante acecha el desdoblamiento con todos sus abismos.

La noche cae con perturbadora lentitud cuando se desdobla en un espejo. A los reflejos no les gusta extraviarse en la oscuridad.

Dicen que los espejos son umbrales a otras dimensiones. Por eso asombra que el mundo que reflejan sea idéntico al de este lado.

Si los reflejos hacen lo que uno hace, también deben soñar. Quizá la pesadilla de un reflejo consista en verse de carne y hueso.

Los espejos se ruborizan al reproducir el rostro encendido del crepúsculo. Hay reflejos que experimentan un pudor inconfesable.

[Fotografía de Duane Michals]

Tags: series

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Ciudad de México, México
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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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